
El mes nacional de la nutrición nos invita a “Descubrir el Poder de la Nutrición” Ese poder va más allá de los nutrientes y los macronutrientes. Incluye cultura, identidad, acceso y sostenibilidad.
A medida que los modelos de cuidado evolucionan hacia enfoques más personalizados y centrados en el paciente, la orientación nutricional debe ir más allá de recomendaciones genéricas y tomar en cuenta las tradiciones alimentarias.
La evidencia disponible sugiere que muchos patrones alimentarios tradicionales se asocian con una mejor salud cardiometabólica y mayor calidad de la dieta.¹ Los alimentos que forman parte de múltiples dietas tradicionales — incluyendo frutas, verduras, legumbres, granos integrales y pescado — se asocian consistentemente con un menor riesgo de enfermedad cardiovascular y diabetes tipo 2.
En poblaciones adoptando estilos de vida más occidentales, se evidencia que los patrones alimentarios tradicionales suelen ser más saludables que los nuevos patrones que emergen con la globalización y la urbanización.² Además, aunque las formas modernas de alimentarse se están homogeneizando a nivel mundial, las prácticas alimentarias tradicionales siguen siendo culturalmente distintas y profundamente significativas.³,⁴
La evidencia muestra que cuando las recomendaciones nutricionales excluyen o restringen alimentos culturalmente significativos, la adherencia a largo plazo disminuye. Cuando las recomendaciones entran en conflicto con la identidad cultural, la asequibilidad, las tradiciones familiares o las prácticas religiosas, suelen percibirse como poco realistas o insostenibles.
Un estudio sobre personas mayas con diabetes halló que la baja adherencia a la dieta estuvo relacionada con el costo, el desagrado por los alimentos recomendados y con la disminución alimentos tradicionales que forman parte esencial de su vida cotidiana y cultural.⁵ Patrones similares se han documentado en poblaciones migrantes y refugiadas, donde las recomendaciones alimentarias que no se alinean con la cultura reducen la participación y el compromiso, mientras que el acceso a alimentos culturalmente familiares mejora la calidad de la dieta.⁶
Las guías clínicas en prevención cardiovascular recomiendan explícitamente adaptar los patrones alimentarios a las preferencias culturales para favorecer la adherencia a largo plazo y mejorar los resultados en salud.⁷ Además, análisis con enfoque de equidad señalan que muchas recomendaciones alimentarias parten de una visión eurocéntrica, lo que puede limitar su efectividad si no se adaptan a otras realidades culturales.⁸
Las y los dietistas registrados desempeñan un papel fundamental en traducir la evidencia científica en una orientación culturalmente sensible. Las recomendaciones clínicas en nutrición señalan que la asesorías deben individualizarse, considerando las tradiciones culturales o religiosas, las prácticas de cocina y el acceso a alimentos, para que las indicaciones sean realistas y sostenibles.⁹ Cuando la educación nutricional se adapta culturalmente, los pacientes reportan mayor compromiso y una mejor alineación entre sus metas de salud y su identidad.¹⁰
Las estrategias efectivas van más allá de sustituciones alimentarias. Adaptaciones socioculturales, enfoques participativos con la comunidad y materiales educativos culturalmente relevantes han demostrado fortalecer el cambio de comportamiento en relación a la nutrición.¹¹ El uso de la entrevista motivacional permite además que el/la dietista explore cómo la cultura influye en las elecciones alimentarias, validando la identidad de la persona y apoyando modificaciones prácticas y realistas.¹²
Durante el Mes Nacional de la Nutrición, descubrir el poder de la nutrición significa reconocer que cuando la orientación nutricional honra la cultura, se vuelve más sostenible, más equitativa y, en última instancia, más efectiva.

Una forma de centrar la cultura mientras aplicamos principios nutricionales basados en evidencia es mediante adaptaciones sencillas a alimentos tradicionales.
Las arepas son un alimento básico en muchos hogares latinoamericanos. En lugar de eliminarlas por su contenido de carbohidratos, pueden modificarse para favorecer un mejor balance glicémico y mayor saciedad.
Estas adiciones aumentan la densidad de proteína y fibra, ayudando a moderar la respuesta glucémica postprandial y mejorar la saciedad, sin eliminar la base cultural del platillo.